Cinco rincones para perderse en el norte de Tenerife

Astrid da Silva
playa de los roques
Foto vía: puertodelacruz.mobi

Adentrarse en el norte de la isla es conocer sus paisajes más puros y naturales

Hace pocos meses vinieron unos amigos de Barcelona a conocer la isla. Al aterrizar en el aeropuerto norte, lo primero que me dijeron fue: “por un momento pensamos que habíamos aterrizado en Bilbao”. El cielo estaba tupido de nubes grises y la vegetación parecía aún más verde, mojada por el rocío de la mañana. Era agosto.

Me tomó un tiempo explicarles que Tenerife no era solo sol y playa, que nuestra geografía nos permite tener tantos microclimas como paisajes capaces de dejarte sin aliento. Pero al ver que su cara de desilusión no menguaba, decidí explicar con imágenes lo que a veces las palabras no pueden.  Así empezamos la ruta por los mejores rincones para perderse en el norte de la isla.

Comencé por llevarles a La Orotava, nunca falla. Ver la majestuosidad del Teide desde el mirador de Humboldt siempre es una apuesta segura. El contraste del azul del cielo, con el verde de la isla, la montaña y el mar es un placer para cualquier retina. Mientras nos tomábamos un café disfrutando de la escena, decidí cual sería la siguiente parada.

Orotava

Como no estábamos muy lejos y el cielo se había abierto, pensé que un baño sería ideal para terminar de despertarnos y continuar la ruta. No encontré mejor lugar que la playa de los roques, en los realejos. La arena negra y el calor que desprende les dejó atónitos. O quizás fueron las rocas en medio del mar lo que les tuvo más de media hora tomando fotos desde todos los ángulos posibles.

playa de los roques los realejos

Con las pilas cargadas, pusimos dirección al Parque Natural de Anaga. Cualquier amante de la naturaleza encuentra aquí una parada obligatoria. El clima húmedo que caracteriza a este lugar, hacen que la vegetación macaronésica, que compartimos con las Islas Salvajes, Cabo Verde, Madeira y las Azores, cree un ambiente sacado de cuento. Tanto es así, que la ruta se llama “sendero del bosque encantado” y la mejor recomendación es perderse en él y dejarse atrapar por su indiscutible encanto.

parque natural de anaga

Al día siguiente fuimos dirección al Puerto de la Cruz, para adentrarnos en sus calles, llenas de vida y color. Los pescadores en la playa vendiendo la captura fresca, los mercadillos que habitualmente hay en la plaza, los abuelos en el banco y, sobretodo, sus casitas con pinturas murales y artesanías hacen del puerto un lugar especial, acogedor y alegre para pasar el día.

Puerto de la cruz

Para terminar, fuimos directos a Punta Hidalgo. El objetivo era ver el atardecer desde el faro. La arquitectura y el paisaje crean un ambiente único. Si el mar en la costa norte es brusco, el faro también lo es, y ambos luchan en un vaivén incansable de olas que te dejan el pelo ensalitrado y los pulmones llenos de aire puro. Relajados y extasiados de belleza norteña nos fuimos a casa.

“Nos queremos quedar aquí”, fue lo último que me dijeron mis amigos antes de embarcar de nuevo.

muelle

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